Verano,agua

Verano, época de sudor

Lo que más me gusta del verano no es la playa, el descanso o los mojitos, sino la posibilidad de sudar a mis anchas sin remordimientos y sin sentirme juzgado por la sociedad. Para alguien que, como yo, sufre de sudoración excesiva, el calor del verano es una oportunidad inmejorable para camuflarse entre muchos otros personajes sudorosos y confundir los propios efluvios con los ajenos. Un extraño sentimiento de satisfacción me inunda cada vez que camino por la Rambla y miro a los peatones –en chanclas y bermudas– secarse el sudor de la frente con el dorso de la mano. Me siento aún más feliz cuando comienzan a proliferar las camisetas bañadas en sudor (con grandes manchas en las axilas y en la espina dorsal).

Mis problemas se remontan a la más tierna pubertad. Cierto día descubrí que yo, a diferencia de mis compañeros de clase, sudaba incontrolablemente, incluso en circunstancias de aparente sosiego. Este descubrimiento –el saberme diferente a los demás y de alguna manera imposibilitado para la convivencia, pues ¿quién quiere convivir con alguien que está perpetuamente sudando o que mantiene los brazos bien pegados a las costillas para no dejar entrever sendas manchas de sudor?– este descubrimiento, decía, me llenó de angustia, pero la angustia, como es lógico, no hizo más que atizar la actividad, ya de por sí ferviente e implacable, de mis glándulas sudoríparas. Quedé atrapado en un círculo vicioso.

Después de varios largos e interminables y pegajosos meses, ocurrió lo inesperado. Dejé de sudar. Pasaba mis dedos incrédulos por la superficie de mis axilas para constatar el milagro: estaban secas.  ¡Por fin podría vitorear o alzar el brazo para participar en clase! ¿Se había tratado de un desajuste hormonal y pasajero? La alegría me duró muy poco. Unos días más tarde regresó el sudor, ya no a mis axilas, sino a las palmas de mis manos. Una y otra vez restregaba mis palmas contra el pantalón para secarlas, pero el sudor siempre volvía. Tenía miedo de saludar a las personas. Fue entonces cuando me convertí en una persona huraña y grosera. Hasta que… mis manos, como ya antes mis axilas, dejaron de sudar. En esta ocasión aguardé expectante el siguiente movimiento, la siguiente arremetida de ese viejo enemigo mío: el Sudor.

Tras una tregua de una semana, el enemigo plantó asedio a mis ingles. Eso no lo había visto venir. Harto ya de la situación y dispuesto a tomar medidas tajantes, abrí el ordenador y recurrí a Google para auto-diagnosticarme, media hora después, con hiperhidrosis. Enseguida me auto-prescribí un producto, hecho a base de pequeños cristales que prometían obstruir hasta la asfixia a mis muy odiadas glándulas. Reía con una risa triunfal mientras me untaba la medicina en las ingles y en las axilas y en las palmas de las manos, pero muy pronto mi risa se convirtió en un alarido de dolor. Durante varias horas me escocieron todas aquellas zonas de mi piel que habían entrado en contacto con mi auto-prescrita panacea. Una vez superado el dolor, el sudor se detuvo. Fueron cinco o seis meses de completa felicidad y de reconciliación conmigo mismo y con el mundo. A veces me inquietaba el hecho de que ya no sudara ni una gota. Me preguntaba si aquello sería saludable, pero rápidamente desechaba este pensamiento para entregarme al ejercicio de mi nueva libertad.

El Sudor eventualmente volvió a declararme la guerra. A juzgar por la furia de sus nuevos ataques, no le habían gustado nada los cristales de la batalla anterior. Otra vez aplicó su despiadada estrategia de mudar de lugar cada cierto tiempo (de las axilas a las manos, y de éstas a las ingles o a los pies, dejando a su paso una estela de pequeñas verrugas que mi dermatólogo arrancaba con un gesto reprobatorio).

Supongo que cada cual tiene sus batallas (corporales) y sus Enemigos. Yo, con los años, he aprendido a negociar y a darme cuenta de que la solución es más natural y está más a mi alcance de lo que yo creía en un inicio. Vigilo estrictamente las normas de la higiene, pero además trato de comprender qué es aquello que el Sudor quiere de mí, cuáles son sus reclamos, por qué se presenta, cuáles son los motivos de su enojo, de qué me está alertando. A veces la solución consiste en cuidar mejor mis estados de ánimo o en alejarme de situaciones que de algún modo u otro me incomodan y no son saludables. Otras veces la solución consiste en cambiar de ropa o de productos – productos que sean más naturales, y por naturales entiendo que sean más míos, que se adecuen más a mí y a mis necesidades y que no sean tan sólo un artilugio de guerra.

 

¿Quién apoya mi (veraniega y sudorosa) moción?

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