historia de pestañas

Si te he visto, aún me acuerdo: Una historia de pestañas

Me dedicaba yo a batir mis pestañas creyéndome seductora hasta que un día mi madre me dijo: de pequeña tenías las pestañas más largas, ¿no?

Mi mente entró en un tremendo colapso: a mis pestañas no les hacía caso desde que en 1994 me depilé las cejas con cuchilla, otorgándoles a mis pestañas el protagonismo que merecían. Fui corriendo al espejo a examinar mis ojos de cerca. Traté de recordar cómo eran mis pestañas cuando tenía diez años; qué textura y color tenían, qué espesor, que curvatura, qué células habitaban en ellas. Cero respuesta cognitiva. La piel, el pelo, los labios y las estrías abarcaban toda mi atención y cuidados. En mi cuerpo, las pestañas eran la tía de clase que medio suspende medio aprueba. La tía de la que nadie sabe sus apellidos, pero que luego un día se hace famosa por ganar un campeonato mundial de tiro al plato.

Lo cierto era que yo las pestañas no me las cuidaba nada. Las usaba para creerme actriz francesa de película en blanco y negro, pringándolas de la máscara más oscura que me vendieran. Cuanto más volumen y curvatura me prometiese el producto, más me gustaba. Forever total black curly pastosidad color negro profundo de la muerte eterna: ese era mi producto estrella. Le confería a mi mirada el punto exacto de misterio y Madame de Moulin Rouge que a mi tanto me va. Sí que las desmaquillaba cada noche pero de cualquier manera y con lo que fuera. Frotaba bien para sacar el cemento que les había aplicado por la mañana. La delicadeza: ese es mi punto fuerte.

A raíz del comentario de mi madre, empecé a fijarme en que efectivamente mis pestañas me odiaban. Se me caían – y yo pidiendo deseos como una posesa, creyéndome la bomba –; se veían debilitadas, con las puntas feas y quemadas. Maldije a mi madre por meterme tremendas neuras reales en la cabeza. Arrastré mis penosos ojos hasta la farmacia y pedí un serum para recuperar las pestañas. Dejé atrás mis años locos de ojazos de putón. Comencé a comprarme máscaras de pestaña que contuvieran aceites hidratantes. Empecé a desmaquillarme con extremo cuidado mientras mi hermana pequeña se reía de mí por ir de diva.

Después de varios meses de rehabilitación pestañil, me planté delante de mi madre para que me diera su beneplácito. Era imposible que no notase que mis pestañas lucían mucho más sanas y normales que antes. La obligué a examinar fijamente mi gran trabajo y me preparé para escuchar el fabuloso veredicto.

–Sí, están bien, dijo. Pero siempre las has tenido así, ¿no? No lo sé, no veo bien sin las gafas–.

Después de esto, os va a resultar muy complicado no querer invitarme a merendar mientras contempláis mis hermosas pestañas forever semi-black natural curve oil protect. Muy complicado.

-Rubia de la cuarta fila

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *