historia de uñas

Sin la cara lavada: una historia de acné

A mí lo que me apetece en esta vida –además de comer todos los donuts que encuentre sin temor a ser hospitalizada por indigestión– es sacarme de encima la condena de mi piel.

Es poder despertarme por las mañanas y que lo primero que piense no sea: por favor, que no me hayan salido más granos.

Nunca fui una adolescente de acné en la cara, pero sí en la espalda. Esto me aportó grandes enseñanzas como la de aprender a soportar cualquier tipo de calor con una chaqueta encima; la de desarrollar una habilidad para comprar ropa tapada, pero tapada lo justo y en los sitios exactos – porque yo novios no tenía, pero tonta no era –; la de aguantar con horror los viajes a la playa con la espalda al aire y los ojos de la humanidad entera escandalizados con mi drama cutáneo –tonta no era, pero histérica forever–.

Cuando consideré que ya me había hecho mayor y que mi espalda había mejorado, pensé que todo ese aprendizaje se convertiría en una graciosa anécdota que compartir con un hombre hermoso para hacerme la intensa. Lo que no fui capaz de planear fue que al cumplir los veintiuno y hasta ahora, el acné se instalaría en mi cara, asegurándome un brillante futuro en el arte de la seducción y el glamour.

Desde entonces, soy esclava de cualquier producto que me prometa lo más mínimo: cremas recetadas por el dermatólogo, arcillas verdes de las profundidades del Tíbet, exfoliantes de caña del río Nilo, miel del primer panal de abejas del planeta, limón purificado por hormigas, y demás pócimas varias. Me dejo un dineral en maquillaje no graso pero que cubra suficiente, en brochas orgánicas y en cremas no oleosas – porque, con o sin granos, yo a comprarme los donuts intento ir pibón. No gano para algodones desmaquillantes, ni para potingues, pero sobre todo no gano para disgustos ni para los juegos de sábanas que tengo que reponer porque se quedan repugnantes de tanta historia. Por no hablar de la fatalidad que es querer rascarse la mejilla y hacerse daño. Un abrazo a todos aquellos que lo habéis sufrido, os invito a donuts cuando queráis.

He encontrado que comer pocas grasas, picantes y azúcares y no toquetearme la cara, ayuda bastante. También ayuda saber maquillarse como la Capilla Sixtina y disimular las marcas o los granos de la mejor manera posible. Es decir, no pintarse como Sara Montiel, pero sí diplomarte en tonos nude y en el perfecto equilibrio necesario para cubrirlo todo. Hacer ejercicio de mala gana y cagándome en la mierda también me funciona, claro.

A todo esto, mi madre dice que lo mejor es que vaya sin pintar (jajaja). Pero mi madre también intentó convencerme de no depilarme las piernas o las cejas hasta que no tuviera veinte años. Por tanto, es fácil concluir que mi madre siempre quiso que fuera Tarzán. De ahí mi adolescencia sin mambo ni desenfreno.

Si me invitáis a merendar, os cuento más movidas.

Ya os aviso de que iré con granos, pero iré pibón.

-Rubia de la cuarta fila

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *