Alopecia

¿Quién le tiene miedo a la calvicie?

No acabo de entender a las personas que se resisten a la calvicie o que tienen un odio pavoroso a las cirugías.

Yo estoy esperando pacientemente mi turno para quedarme calvo. Qué-le-vamos-a-hacer. Supe ya desde niño que tarde o temprano perdería mi cabellera, no a manos de Dalila (como hubiera preferido), sino de una combinación maléfica de genes, mi pésimo humor (siempre estoy refunfuñando) y el estrés.

Todos mis tíos, sin excepción, son calvos. No estoy hablando aquí de esas calvicies “amables”, que con dulce pero cruel lentitud nos arrancan los cabellos, uno a uno, abriendo claros aquí y allá –“¡mira qué graciosa tu coronilla!”– y dejándonos finalmente con una pelusilla rala. La calvicie de mis tíos es total y rotunda. No admite concesiones ni ocultamientos: brilla, o  mejor dicho, fulgura, enceguece. Este es el tipo de calvicie que yo aguardo con las piernas cruzadas.

Mi padre era calvo: después de dos cirugías puede presumir de haber reconquistado una parte de su cabellera a cambio de mucha pasta y de mucho sufrimiento. Los injertos capilares de hace quince años no era tan sutiles como los actuales. Los médicos de entonces tomaron prestada su técnica de los fabricantes de muñecas: primero agujereaban el cuero cabelludo hasta reducirlo a una coladera, después insertaban un mechón de cabellos en cada agujero y se frotaban las manos con satisfacción pues “la cirugía había concluido exitosamente”. Los mechones provenían de la nuca del propio paciente.

Recuerdo a la convalecencia de mi padre: su cabeza hinchada y recubierta de vendajes sanguinolentos.

A mi hermano mayor le llegó el turno hace dos años. Su cirugía duró siete horas. ¡Siete horas en la misma silla, viendo al mismo punto y sin comer! En compensación, el injerto luce más natural, apenas se nota, no sólo porque reproduce la distribución real de los cabellos sino porque también respeta el ángulo de crecimiento de sus cabellos sanos. Aquí no hubo mechones; en cada agujero se sembró un par o tres de cabellos.

Descruzando las piernas, pienso que, con suerte, los avances tecnológicos me ahorrarán el dolor y la incomodidad. Me tranquiliza saber que la calvicie está por venir. En mi imaginación, se trata de un huésped que ha anunciado su llegada con anticipación diplomática. A algunos amigos la calvicie los ha pillado por sorpresa. De aquí que se desesperen y que la desesperación acelere la pérdida de cabello. Yo, en cambio, me limito a utilizar el champú que me ha recetado la dermatóloga, a alimentarme lo mejor que puedo, a administrar el estrés y a recoger con amor paternal los cabellos que amanecen en mi almohada. También aprovecho la conciencia de mi calvicie-por-venir para convivir con mi cabello: me gusta acicalarlo y peinarlo y repeinarlo de distintas maneras (con la cautela debida para que no se seque, se engrase o resienta el contacto con el alcohol de algunos geles). Tengo la esperanza de que así no lo echaré demasiado de menos pues habremos disfrutado juntos.

En realidad, mi calvicie (por ahora incipiente) ha alcanzado un punto que yo llamo “interesante”: me ha dado una frente despejada y, por consiguiente, un look de persona juiciosa y contemplativa (que, dicho sea de paso, le sienta muy bien a mi profesión de filósofo).

Creo que, en el fondo, me gusta y me divierte la espera.

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