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La silenciosa lucha del baño

Mi pareja y yo hemos entablado una silenciosa pero cruel batalla campal en el baño. Digo que es una batalla silenciosa porque nunca la hemos declarado abiertamente y en voz alta, digo en cambio que es cruel porque cada uno persevera en sus propósitos como si se tratara de una victoria trascendental y decisiva. Quizá lo sea.

Todo comenzó una espléndida tarde de septiembre en que tomamos la aún más espléndida decisión de vivir juntos. Después vino la mudanza y el penoso momento de la distribución de espacios. Descubrí que yo soy más meticuloso de lo que creía y que soy, además, un guardián celoso de esta meticulosidad. Para mí, los artículos de limpieza se disponen en géneros, especies y subespecies, de tal modo que el champú tiene que ir naturalmente acompañado de los productos para el cabello. El cortaúñas ha de permanecer alejado de la humedad, para que no se oxide, y el cepillo de dientes a la izquierda del lavabo (porque yo, aunque soy diestro, me cepillo los dientes con la mano izquierda desde que leí en Muy interesante que Einstein lo hacía).

Cuál no fue mi sorpresa al cabo de un par de días cuando descubrí que alguna mano perversa había quebrantado mi pequeño orden cósmico. El champú lo hallé en el suelo al lado del jabón para la cara, y mi cepillo de dientes, que antes podía alcanzar con un breve y gracioso movimiento de mi mano, ahora estaba oculto en un cajón  –¡un cajón!–, acompañado por los desodorantes.

Todo aquello me pareció una aberración. Pero mantuve la calma, porque yo soy un hombre que sabe guardar la compostura, y devolví los artículos a su sitio correspondiente, puse más orden en el orden, si cabe, para mandar al delincuente un mensaje claro: no iba a tolerar la irrupción del caos en el baño de mi casa.

El delincuente respondió a mi mensaje con otro: el perfume dentro de la ducha, el papel higiénico en el suelo y la toalla sucia en un cajón –¡un cajón!–, junto a mi cepillo de dientes y los desodorantes. Éste fue el estallido de la guerra, que se prolonga hasta hoy, sin que sepamos a ciencia cierta quién gana o pierde y qué es exactamente aquello que pierde o gana –acaso el orgullo–. Cada mañana restauro el orden natural como un Dios que crea una y otra vez el universo según las reglas del sano juicio. Cada noche la misma entidad maníaca revuelve mi pequeño cosmos y así se burla de mis empeños.

La verdad es que me encuentro muy a gusto en la batalla. Ha sacado a relucir mi talante de estratega y/o guionista de Juego de tronos. Supongo, por otra parte, que de algún modo esta disputa es necesaria y hasta salvífica.

¿Hay alguien más entre vosotros que luche silenciosamente? O peor aún, ¿hay alguien entre vosotros que sea el delincuente, la entidad maníaca, la mano perversa que destruye una y otra vez el orden cósmico?

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