La cuestión filosófica del acné

La cuestión filosófica del acné

La historia de mi acné es la historia de un largo y penoso peregrinaje por consultorios médicos y farmacias en busca de la solución definitiva. He probado muchas, innumerables cremas. Sin ser farmacéutico, he memorizado los nombres dificilísimos de algunas sustancias (ácido glicólico, peróxido de benzoilo, etcétera). Las secuelas las he padecido todas: brotes repentinos de granos (debido a un tratamiento láser), enrojecimiento, descamación, resequedad, sin mencionar los golpes al autoestima, la fobia social, el confinamiento voluntario y los consecuentes desastres amorosos.

Mi actitud hacia el acné oscilaba entre dos extremos: o me prohibía a mí mismo prestarle la más mínima atención o me convertía, por el contrario, en un vigilante celoso. O aborrecía los espejos hasta el punto de no mirarme por días, semanas enteras, o me inspeccionaba minuciosamente cada milímetro cuadrado del cutis con ayuda de un espejo de aumento en busca del más tímido indicio de grasa. Consecuencia de esta doble y paradójica actitud hacia el acné fue una distorsión de mi personalidad. Me hice violento, cohibido e incapaz de autopercibirme, no ya “objetivamente”, sino con una pretensión de “objetividad”.

En la enésima visita al consultorio, el doctor alzó una ceja, torció la boca y me dijo: “Tienes que poner de tu parte”. Yo le devolví una mirada furiosa. ¿No hacía ya bastante con aplicarme las cremas e ingerir las pastillas con rigurosa constancia y puntualidad? Más tarde comprendí el sentido de las palabras del doctor. La suya no era tan sólo una exhortación a seguir dócilmente la receta y a no pellizcarme; la suya era más bien una invitación –que llamaré socrática– al autoconocimiento.

Había en la Grecia Antigua un famoso oráculo, el de Delfos, en cuya entrada estaba inscrita la siguiente frase: “Conócete a ti mismo”. Ésta no es una frase entre otras. Estamos ante la base misma de toda la filosofía occidental. Fue este imperativo griego el que yo detecté en las palabras de mi carifruncido doctor. El acné dejó de ser un problema a secas para convertirse en un enigma y en una cuestión filosófica. Dilucidar el acné. Entender el acné. Refutarlo en vez de atosigarlo y de enardecerlo con mis muchas atenciones o con mis desdenes. Tenía que dejar de evadirme (¿no es la medicina a veces una forma de evasión, de delegar la responsabilidad de las dolencias propias a la ciencia y a las farmacias?) para conocerme a mí mismo y a través de este conocimiento responsabilizarme de mi acné.

Descubrí lo obvio: que la incidencia de los granos dependía directamente de mi humor, de mis horas de sueño, de mis visitas al gimnasio y hasta de las conversaciones que sostenía con familiares y amigos. Aprendí que mi piel es casi un texto en que puedo leer mis preocupaciones y mis necesidades corporales. Dormir más horas, beber más agua, desahogar cuanto antes ese pendiente que me carcomía la cabeza o darme un espacio para pasear o ver un peli: todo esto contribuyó de manera decisiva (junto con los medicamentos) a deshacerme del acné, pero no como si el acné fuese un intruso indeseado, sino como si fuese, más bien, un aliado y un aliciente en la tarea siempre inacabada del desarrollo y el cuidado de sí.

Desde Platón hasta el siglo XXI, no son pocos los que acusan de “frívola” a la cosmética. A mí esta acusación me resulta incomprensible, tomando en cuenta que la cosmética (y no sólo la medicina) ha sido para mí la vía de acceso a profundos cambios personales.

Comentarios (2)

    • Pepe Elizondo

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