una historia de morros

Kiss Kiss Bang Bang: Una historia de morros

Desde muy pequeña, mi abuela me pintaba los labios a escondidas para que fuera bien guapa con ella a hacer recados. Así podía presumir de nieta estupenda y de abuela digna y divina por los siglos de los siglos. Mi madre, mujer de las que pasan del sujetador y del heteropatriarcado, jamás se unió a esta causa y a día de hoy no posee ni un mísero colorete caro que yo pueda apropiarme alegremente.

Por ello, todo lo que he aprendido sobre ser una maniática del lucir me lo ha enseñado mi abuela. Sin interesarle lo más mínimo los primers, el contouring o las uñas de gel, mi abuela de 80 años ha establecido su propio ritual rústico: se separa las pestañas con la punta de una aguja, se pinta sus uñas, se rellena las cejas desde antes de que se pusiera de moda y saca punta al lápiz de ojos con una navaja. A mi abuela le da igual lo que le narres mientras se está maquillando, porque es su momento sagrado del día, al lado de una ventana, con todas sus arrugas y su piel suavísima, abuela digna y divina por los siglos de los siglos.

Y es ahí donde empezó mi droga, en ese festival de pinturas en el que mi abuela me dejaba elegir un pintalabios y yo me flipaba pensando que tenía algún criterio. Lo que tenía era potencial para ser una niña famosa de la tele, pero mi madre pensó que era mejor apuntarme a judo. Esta es otra historia pero yo os lo comento ahora en plan espontáneo.

El caso es que ese vicio de ir con los labios pintados se incorporó tanto a mi vida, que en el transcurso de los años he acumulado todo tipo de productos: gloss baratuchos, pegajosos, cancerígenos; lápices de labios mega caros cedidos por mi adorada abuela; pintalabios de marca decente comprados por mi madre en un ataque de madre normal y pintalabios extreme lush sex rock&roll rojo putón comprados por mí, con el fin de aparearme con tíos guapazos. Gracias al rojo putón he obtenido yo mis mejores victorias, he de decir.

Lo que mi abuela y yo aún buscamos desesperadamente es un color de labios que nos dure, que no nos obligue a estar retocándonos sobre el reflejo de la pantalla del móvil; un color que no se vaya del centro y te deje el surcazo de bocadillo de chorizo en el contorno de la boca. Un pintalabios que no se cuartee y que no haga que el pelo suelto se te quede pegado a la cara, como una choni torpe en el 2003, cuando salieron los primeros brillos de labios ultra repugnantes.

En definitiva, algo suficientemente elegante para mi abuela y suficientemente putón para mí. Algo que usemos las dos para siempre: un pintalabios digno y divino por los siglos de los siglos, amén.

-Rubia de la cuarta fila

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