historia de estrías

Tira y afloja: Una historia de estrías

Una historia de estrías.

No sé a vosotros, pero a mí las estrías me salieron de un día para otro. Por la noche me fui a dormir con mi piel tersa de bebé bañado en leche de foca. Por la mañana, en uno de mis rituales de ensimismamiento post-ducha, de pronto estaban ahí: unas rayas en la zona del cachete – o la parte alta del muslo, como dice la gente elegante –. Al principio pensé que eran marcas del pantalón del pijama o de las sábanas o que estaba mudando la piel como las serpientes o que me había rascado con algo; a mis diecisiete años, no contemplé las estrías como opción. Por aquel entonces solo me interesaba ir vestida como Avril Lavigne pero en cutre.

Pegué un brinco y fui corriendo a enseñárselo a mi madre, que a estas alturas sabréis que no es ninguna gurú de la belleza así que no sé ni para qué fui, honestamente. Mi madre, distraída leyendo en el sofá, miró mi tragedia un segundo y suspiró: son estrías, déjalas. Que las dejara, me dijo. Cómo no las voy a dejar, madre, SI NO SE VAN. Visto que mi madre no me estaba ayudando y que no sabía yo bien qué era una estría ni cómo borrarla, tuve que ir a consultar el lento Internet de entonces. Allí descubrí que eran una suerte de cicatrices que salen cuando la piel se estira o afloja más deprisa de lo normal.

“Mi madre, distraída leyendo en el sofá, miró mi tragedia un segundo y suspiró: son estrías, déjalas. Que las dejara, me dijo.”

Os engañaría si no os dijese que una parte de mí se sintió bastante estupenda pensando que lo que ocurría es que se me habían ensanchado las caderas. Las estrías eran solo un diminuto efecto colateral en mi camino hacia la feminidad y la fabulosidad de la edad adulta de una mujer. Me mosqueó, sin embargo, pensar que esas rayas iban a quedarse conmigo hasta el infinito, arruinando mi piel de porcelana de adolescente tardía.

Coincidió que por aquella época comenzaba el verano. Me dediqué a hacer un escrupuloso estudio de las estrías sentada en mi toalla de la playa. Había mujeres que las tenían en el escote – mamá, ¿me van a salir estrías en el escote a mí también? – No, hija, en esta familia como no tenemos tetas, pues eso que te ahorras –; mujeres y hombres que las tenían en la barriga, en el interior de los muslos y hasta en los costados – mamá, a ver, y esas del costado, ¿me van a salir? – Yo qué sé Paula, hija, que todo te angustia. Comprobé que el mundo entero era una enorme estría y nadie se libraba de ellas.

“Internet se volvió más rápido y yo más lista, he encontrado remedios para paliarlas en la medida de lo posible.”

Desde entonces, me congratula afirmar que me han salido pocas más y que como Internet se volvió más rápido y yo más lista, he encontrado remedios para paliarlas en la medida de lo posible. Aceite de rosa mosqueta, exfoliantes de azúcar, hidratantes varios, aceite de Argán. Todos van bien y si la estría aún es de color rosado, incluso ayuda a que desaparezcan. Si la estría es blanca pues entonces te aguantas y te animas pensando que al menos no las tienes en el escote. Si las tienes en el escote, pues son bien feas pero al menos tu escote te permite ponerte un vestido de gala sin parecer un bebé escapado de una guardería como yo.

Gracioso os parecerá que mi madre esté libre de estrías a sus cincuenta y cinco años por la gracia de Zeus y de la genética que yo, evidentemente, no he heredado. A mi abuela no le he preguntado. No vaya a ser que me diga que ella tampoco tiene y tenga que cargarme en la mierda bien fuerte en mi próximo texto.

-Rubia de la cuarta fila

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