fortalecer el cabello

Por los pelos: Una historia de melenas

Francamente os lo digo: si no soy rica, es por culpa de mi pelo. Si todo el dinero y el tiempo que he dedicado a tener una melena digna de anuncio publicitario lo hubiese dedicado a otra cosa, ahora seguramente tendría a un becario escribiéndome los textos mientras yo me doy el último tratamiento capilar de saliva de pez globo del Pacífico para fortalecer el cabello.
Pero como soy pobre, pues aquí estoy, chavales. Aquí estoy.

El caso es que para llegar a donde me encuentro hoy – es decir, a un paso de ser Pelo Pantene mundial – he pasado por muchas etapas, la mayoría de fealdad. Yo nací con una buena mata de pelo que en mis años mozos conformaba una esponjosa seta sobre mi cabeza. Con esa mata de pelo fui creciendo hasta que un buen año, cuando yo tenía unos diez, mi madre decidió cortármelo nivel chico, arruinándome la vida pero también haciéndome fuerte en la adversidad. Poco a poco, le fui perdiendo el miedo a la tijera y me empecé a hacer de todo: medias melenas, otra vez corto a lo tío, fea como un demonio pero yo a tope, pelo largo, flequillo, aquí fea también, capas, recto, trenzas, lo que fuera.

De tanto que hice y deshice, lo que conseguí fue sanear mi pelo como nunca antes. Por eso, el día que entraron las planchas en mi vida yo estaba preparada, mi pelo con toda su artillería ante las brasas que se le venían encima. Encontrar las planchas perfectas también me supuso una carrera de fondo, donde usé mierdas quemapelos, planchas ionizadas que eran como las mierdas quemapelos pero mejor empaquetadas, planchas que explotaron cuando las enchufé a una corriente alterna, y un sucesivo discurrir de defunciones tecnológicas.

Mi mala suerte duró hasta un Black Friday donde, harta de gastarme una fortuna en estúpidos aparatos, decidí ir a comprarme lo que fuera que hubiera de oferta y sacrificar mi pelo a los dioses del Olimpo. Tras conseguir hacerme un hueco entre gente bastante loca y medio histérica, encontré unas planchas de esas que usan los estilistas de famosos, a mitad de precio. Qué casualidad, estaréis pensando, qué casualidad que vas y te encuentras las planchas buenas rebajadas. Pues sí, qué queréis que os diga, no todo va a ser malo. A veces encuentro chollos y como donuts calentitos.

Comprarme esas planchas – qué aún tengo a día de hoy – ha hecho que lleve la melena tan lustrosa y lisa todos los días que da gusto verme. La gente a veces hasta intenta tocarla, pero no les dejo porque medio grima medio déjame en paz. También ha significado que ahora tengo que gastarme más pasta en productos para fortalecer el cabello si no quiero quedarme calva antes de los treinta y cinco. Esto os lo contaré otro día, que no sé si interesa, pero yo sigo con lo mío.

Con todo, queridos míos, la conclusión de este relato es: nacer y todo en orden, que los genes te den buen pelo, madres que te afean por ir de modernas, fealdad variada, fortalecer el cabello, abrasarte el pelo, gastar dinero, ser pobre, ser más pobre, ir a Black Friday que son las rebajas de toda la vida, fijarte en el voltaje de las cosas, comprarte unas planchas rebajadas pero con el enchufe americano, comprarte un adaptador para toda la vida, buscar un becario, y siempre y sin duda alguna, donuts.

-Rubia de la cuarta fila

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