estrías como el amor

Las estrías son como el amor

Yo pensaba, con la ingenuidad que me caracteriza, que el asunto de las estrías sólo atañía a las mujeres embarazadas.

Cuál no fue mi sorpresa cierto día cuando, duchándome, descubrí no una sino varias de estas “marcas de embarazo” en mis axilas. Mi reacción fue la natural: espanto, terror, angustia. Arrojé el champú por los aires, perforé la atmósfera con un grito y finalmente salí corriendo del baño, lejos de cualquier espejo, convencido de mi propia irremediable monstruosidad. ¿Por qué a mí?

Unos minutos u horas después recobré la compostura. “¡Basta de lamentaciones!”, me dije. En esos momentos tenía que ser, más que nunca, un hombre de soluciones. De modo que hice lo que todos natural y necesariamente hacemos cuando andamos en busca de soluciones: acudir a Google y a través de Google a Yahoo! Answers.

Quizá no fue la decisión más acertada –el Internet miente hasta cuando dice que miente–, pero en mis circunstancias resultó una búsqueda muy esclarecedora. No sólo porque di sin proponérmelo con un par de ofertas de gafas de sol (la publicidad pop-up siempre sabe dar en el blanco), sino porque me enteré –vía Wikipedia, el destino obvio al que te remite Yahoo! Answers– de que las estrías son mucho más comunes de lo que yo pensaba. Y que además no discriman por razón de edad o género (a diferencia de las personas). El embarazo y la obesidad, pero también la adolescencia y el ejercicio ponen a prueba la elasticidad de la piel y llegan a lesionarla. En mi caso, la culpa fue del press de pecho.

No me iba a dejar amedrentar por unas simples y vulgares estrías.

Cerré el ordenador de golpe. No me iba a dejar amedrentar por unas simples y vulgares estrías. Por suerte, en la farmacia más cercana encontré –además de otra oferta de gafas, aquello parecía un complot– una crema muy efectiva y a buen precio. Esta crema borró paulatinamente las “marcas del press de pecho” y me brindó la inesperada oportunidad de disfrutar de mí. Así como se oye: la oportunidad de disfrutar de mí. Me explico mejor. Las estrías son tenaces como las personas, y, como las personas, se reblandecen a fuerza de insistencia y masajes. Después de la ducha, en lugar de vestirme deprisa y huir del baño como un demonio enloquecido, me quedaba de pie un buen rato, ora con un brazo en el aire, ora con el otro, mientras con mi mano libre trazaba círculos regulares sobre las estrías.

Un masaje largo y tendido. La clave, según me enteré después (ya de boca de un médico calificado), es atacarlas –con esta suerte de amoroso ataque– cuando presentan todavía una coloración entre rojiza y purpúrea, porque cuando se enfrían y se quedan blancas, ya es muy difícil sino es que imposible deshacerse de ellas. No podría yo –ni Pablo Neruda ni Octavio Paz– haber encontrado una metáfora más bella para el amor.

Ante las estrías, sea cual sea su causa, lo importante es mostrarse resolutivo, raudo y al mismo tiempo cariñoso, acariciador y persistente como un amante que colma de dulces mimos a su amada –en este caso, sus amadas las estrías–. No hay mal que por bien no venga. Y a la pregunta de “por qué a mí”, ahora respondo, sonriente, “porque me lo merecía, porque me hacía falta un poco, una pizquita, unos rasguños (en la axila) de amor”.

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