uñas fabulosas

De mano en mano: Una historia de uñas fabulosas

Un buen día, cuando tenía yo diez años, una niña de mi clase llegó al colegio con dos frascos de pintauñas – uno negro y otro blanco – como si de mercancía de contrabando se tratase. La idea era pintarnos las uñas durante el recreo, llegar así a casa y rezar para que nuestras madres no tuvieran quitaesmalte en el baño (la mía por no tener no tenía ni un pintalabios, así que me noté bastante fuerte en este periplo). Sobra decir que los esmaltes los había comprado en los chinos, pero igualmente yo los recuerdo totalmente fantásticos y de calidad.

Durante la hora de la comida, nos pintamos las uñas alternando el negro y el blanco, hasta conseguir un espantoso cuadro que yo luego estuve defendiendo como una estética de ajedrez en mis manos. Contrario al resto de niñas de mi clase, mi madre me dejó ir con las uñas pintadas (gracias, mamá, un detalle) como me diera la gana y cuando me diera la gana, dando rienda suelta a lo que hoy es posiblemente una de las cosas que más hago: pintarme las uñas e ir presumiendo de ello.

Para la mayoría de aspectos de la vida fabulosa soy un desastre, llego tarde, o parezco subnormal, pero en el arte de pintarme las uñas siento deciros que arraso en vuestra cara. No solo soy capaz de pintarme ambas manos sin salirme (destreza que me ha llevado años de paciencia conseguir), si no que me trabajo las uñas con lima como si fuera Miguel Ángel cincelando al David en mármol, tengo una extensa y cuidada colección de colores que combino tan sumamente bien que me da rabia hasta a mí, y unto mis manos y mis uñas con toda crema potente que haya en el mercado. Se podría decir que soy lo puto más del universo de las uñas pintadas. Se podría decir, así que lo digo.

Me he encontrado ocasiones en las que alguna joven promesa del esmaltado de uñas me ha preguntado si las mías eran falsas o eran de gel o eran de esas que te ponen de no sé qué material chungo. Yo, con la paz de quien sabe que lleva desde los diez años desarrollando su talento olímpico, siempre miro con cara de niñata resabida y flipada y digo: qué va, son mías. Las falsas quedan raras. Y luego hay gente que me coge manía, pero eso ya es otro cantar.

Es cierto que también sufro contratiempos, porque todavía hay esmaltes que se desconchan enseguida, otros que se hacen un engrudo a los dos días y otros que amarillean tanto las uñas que una no sabe si es el producto o si es que va a morir. En general, los rojos son los que peor dejan la base pero también son los que mejor quedan, así que os aguantáis como hago yo y vais por la vida con la manicura intacta y el temor creciente de haber contraído lepra de uñas (esto es una enfermedad que estoy casi segura de que no existe, pero haced como que sí).

No es por darme aires, pero para este tema, podéis considerarme vuestra gurú. Podéis hacerme preguntas, mandarme regalos o piropearme sin fin. También podéis nombrarme embajadora de las uñas de ajedrez, que los 90 están de moda y esta es mi oportunidad para hacerme famosa de una santa vez.

-Rubia de la cuarta fila

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